“Premios Canoabo de Oro 2008”

Un humano admirable

 

Palabras sobre Jacinto Gimbernard Pellerano

 

Iván García Guerra

 

  Supe de Jacinto mucho antes de conocerlo; largos años antes de que él se enterará de mi existencia.   Yo era apenas un niño no sé de cuál edad, y él era simplemente otro infante “un poco más antiguo”.   Sólo ahora conozco con precisión la distancia entre ambos: él había nacido seis años y cinco meses antes que yo.  

 

Pero no era una diferencia de días lo que me importaba de aquel personaje o me llamaba la atención sobre él: lo veía pasar abajo, desde aquel protegido observatorio que tuve en un segundo piso de la calle 19 de Marzo, y me parecía un diminuto, frágil y envidiable ejemplar de adulto, que más que caminar se deslizaba por el Mundo con un estuche de violín en su mano derecha; tan formal y austero; como alejado de la infancia feliz que yo disfrutaba.  

 

No sé con precisión por qué grabé imperecederamente aquella impresionante y agradable impresión, y estoy seguro de que mi imaginación la ha corregido y ampliado, como sucede con todos mis recuerdos.    Revivo aquel niño con un vestido de pana azul (y recién ahora he sabido que era de dril o casimir aunque del mismo color), la moda debió ser normal para la época pero la prefiero como si perteneciera al Siglo XIX, y no me atrevería a asegurar si la corbata era de lacito o de moño o no estaba.

 

Sobre el trajecito me diría el que hoy es mi amigo que, por razones económicas de la época, era el único que tenía y que el material era más corriente, y que...   ¡Punto!   No quise escuchar ni preguntar más, pues prefiero conservar mis memorias con la pátina emocional que cuadra mejor a mi apreciado carácter fantacioso.

 

Alguien lo acompañaba en aquellas travesías de las tardes, tomándolo, firme u desentendido, de la mano que le quedaba libre.   Según me enteré después, “probablemente’,  era un empleado de la imprenta de su padre.  

 

Y debo haber escuchado o preguntado quien era, porque de alguna manera lo identifiqué tiempo después, cuando, ya adolescente, fui con mi padre a un Concierto de la Sinfónica Nacional, en la cual estaba tocando aquel violinista “tan jovencito”…   Eso, lo recuerdo: fue mi progenitor quien lo comentó, quizás mirándome con cierto tono de reproche.  

 

El escenario en aquella ocasión, casi estoy completamente seguro, fue en el inicio de la misma calle en que vivía, en un “Club de la Juventud” que ya no existe, y que es parte vívida e importante de aquella etapa de mi vida en la ciudad del Santo Domingo que tanto adoraba.

 

Luego, durante mucho tiempo, ese músico tranquilo, con su agradable “inofensividad” (creo que esta palabra me la inventé yo: pero no importa; no sería la primera que elaboro, y además describe exactamente lo que quiero decir)… ese humano que se me antoja tímido por su sonrisa tenue, y por su voz suave e introvertida… ese artista de indescifrable aura algo lejana y quizás un tanto intocable… ese formidable ser, cada vez con mayor fuerza, ha ido llenado los espacios de mi admiración. 

 

Jacinto Gimbernard nació en Santo Domingo en septiembre de 1931.

 

Fueron sus padres: Bienvenido Gimbernard y Concepción Pellerano de Gimbernard.  

 

Sus primeras publicaciones literarias aparecieron por los años cincuenta en la revista “Cosmopolita”, propiedad de su padre.   Desde entonces publicó artículos y ensayos en revistas y periódicos nacionales.

En otro aspecto de su amplia paleta, junto al arquitecto Cristian Martínez fundó la revista “Isabela”, pionera de las publicaciones de lujo en el país.  

 

Violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional desde los trece años de edad, desempeñó por largos años la función de concertino y finalmente, de 1980 a 1984, fue Director Titular de la misma, jubilándose al cumplir cuarenta años en la institución.  

 

Distinguido embajador artístico, en la década de los sesenta fue Primer Violín de las Sinfónicas de Dallas y Cincinnati, en Estados Unidos, y Konzertmeister en la Sinfónica de Hannover, Alemania.

 

Inició su otra carrera diplomática como Agregado Cultural en Inglaterra; y en los sesenta fue Embajador de la República Dominicana en Francia.

 

A su regreso al país fue nombrado Director Artístico del Teatro Nacional.

 

En hermosas y concisas líneas nos ha dejado joyas de sus andanzas artísticas: Washington D.C., Miami, Cincinnati, Dallas (Texas) y Nueva York, en los Estados Unidos; París, Versalles y la Costa Azul, en Francia; Oxford, Londres, Inglaterra; Madrid, España; Bonn, Hannover, Berlín, Alemania; Estraburgo, Viena; Roma con su Tivoli, Florencia, Italia; Salónica, Grecia; Zagreb, Belgrado, Duvrovnik, Yugoslavia; Estambul; Baalbeck; Beirut, Biblos, Líbano; Manila; Seúl; Hong Kong, China;  Jerusalén, Tiberíades, Israel; Palestina; Bombay, India; Manila; Tokio, Japón…   Y él sabrá cuántas localidades más.  

 

Y algo que no debe dar espacio a dudas, pienso yo, es que todos esos sitios, el destino los escogió para que fueron bendecidos con su arte.

 

En su prólogo a “Narraciones de vuelta al Mundo”, que el llama “de inicio”,  nos relata que casi nunca hizo elección de países o compró boletos, y cómo todos esos viajes fueron prácticamente costeados por otros.

 

Juan Bosch y su esposa Doña Carmen habían organizado su designación como Embajador Cultural sin sede fija en Europa; como uno de los muchos jóvenes que fue o sería favorecido en el corto período presidencial de aquel formidable líder, para mí, el que les habla, verdadero padre de la Democracia Dominicana, quien favoreció a más de mil promesas que hoy enriquecen las instituciones de nuestro país.

 

Pero en el proceso de realización, sobrevino el golpe de estado y su nombramiento fue guardado en un escritorio.   Posteriormente, un miembro del Triunvirato que usurpó el gobierno legal, Ramón Tapia Espinal, parece que descubrió el expediente, y, sorpresivamente, lo envío a Londres como Agregado Cultural.   Mas duró poco su felicidad pues todos los agregados culturales fueron cancelados, para nombrar en su lugar agregados militares y librarse así de personajes considerados peligrosos por los golpistas.

 

¡Dios guarde nuestro país!

 

Y así, con una esposa y tres hijos pequeños, se encontró sin trabajo, hasta que logró librarse de aquella situación llegando a ser violinista de la Sinfónica de Hannover de Alemania.   Posteriormente sería nombrado en la Sinfónica de Dallas y más tarde en la de Cincinnati, en territorio norteamericano.   Y después sería Embajador en Francia.

 

Algo similar en los resultados me ha sucedido a mí, quien también he viajado en numerosas ocasiones a los tres continentes sin tener que sacar de mis bolsillos dinero para pasajes. 

 

Durante un tiempo, no tan largo como hubiéramos querido y necesitado fue co-protagonista junto al también maestro, el pianista Vicente Grisolía, de un excelente programa que se trasmitió por las ondas de Radio Televisión Dominicana.   Creo que era su nombre “Música de los Grandes Maestros”.   Nunca los clásicos musicales fueron tratados con mayor sencillez, ni estuvieron más cerca del pueblo llano.   Pero en una muestra de la tradicional y egoísta estulticia de la mayoría de los poderosos, esto que sería orgullo en cualquier país medianamente civilizado, tuvo que salir del aire por falta de patrocinio comercial.

 

Y lo mismo nos sucedió a Rafael Villalona y a mí con “Los Dominicanos hacemos los Clásicos”, un proyecto teatral por los mismos canales, el cual, luego de alcanzar uno de los primeros puestos en los estudios de aceptación popular, tuvo que despedirse por las mismas razones.  

 

Y esto, que podría parecer una contra “cuña” comercial (sin asegurar que no lo sea) es un simple quejarse; el arma que nos queda a los que defendemos la cultura superior como factor primero e indispensable para la salvación de los pueblos; la protesta, quizás inútil, frente a gobiernos que dan la espalda a la verdad probablemente por inicuos intereses; la voz que yo insisto en levantar, aunque sólo me proporcione problemas con las autoridades.   Dicho sea de paso, esa Emisora Oficial, cada día está más lejos de representar el papel que le corresponde, y ya ni siquiera es una voz que nos identifique, es solamente una estúpida sigla vacía.

 

Pero, luego de probablemente “meter la pata”, vuelvo al protagonista de este trabajo; retorno a Gimbernard.

 

Actualmente es Director Ejecutivo de la Fundación Corripio y mantiene un programa diario educativo por “Radio Red”, emisora de la Secretaría de Educación y Cultura.

 

Aparte de sus numerosos artículos periodísticos, sus obras dadas a conocer hasta el momento son: “Historia de Santo Domingo”, publicada en el 1966, y el estudio “Trujillo” del 1976, ambas de carácter histórico; los libros de ensayos: “La identidad del hombre”, 1968, y “Acción y presencia del mal”, del 1974; un texto didáctico “Educación musical” del 1982; y dos colecciones de casetes narrados  “Rutas del arte musical”, del 1995 y  “Rutas de la cultura universal” del 1997; y, por supuesto, también sus aportes literarios: “Medalaganario”, novela del 1980, y los tomos de relatos: “Siete historias de divorcio” llevada a la imprenta en el 1981; “Treinta relatos sinfónicos”, “Narraciones de vuelta al mundo”, a la cual me referí, estas dos del 2000; y “Los Grau”, del 2005, relatos que se acercan a una novela.

 

Pero todos estos son datos, sólo referencias; nadie podría describir su vida con mayor propiedad, con más gracia y de manera más interna que el mismo Jacinto Gimbernard Pellerano.   Y en ese tenor, siguen algunas notas autobiográficas:

 

“Aunque nunca asistí a la escuela como estudiante y aprendí a leer y escribir con mi madre en casa, continuando mis estudios elementales con la profesora María Teresa Cesan y posteriormente  con María Teresa De Castro, sentados en la mesa del comedor hogareño,  mi madre logró que asistiera a un examen oficial del Sexto Curso, sin que mi padre se enterara.   Salí bien y la profesora Consuelo Nivar me entregó el Certificado. Se suponía que también examinaría el Octavo Curso  llegado el momento, pero mi padre se enteró al segundo día de las discretas salidas matinales y se opuso drásticamente a que continuaran los escapes hacia la escuela “donde no se aprende nada bueno” –según afirmaba contundentemente-.”

 

Este peculiar personaje del Padre, vale la pena conocerlo mejor, y puede hacerse leyendo “Medalaganario”, ya mencionada, una encantadora obra en que su hijo lo revive.

 

Continúo leyendo sus palabras:

 

“El caso es que prácticamente me eduqué solo, movido por una extraña compulsión a conocer cosas, acontecimientos, ideas…idiomas…y aunque siempre he sido parco y además no tenía con quien hablar o lucir conocimientos, me avergonzaba internamente no entender las frases que encontraba en latín, griego y, por supuesto, en lenguas modernas.   Es que percibía que las palabras y las ideas tienen diferente fuerza en los distintos idiomas.   Aún lo creo.   Pero debo aclarar que no soy políglota ni mucho menos.

 

En cuanto al violín y la música en general, tuve que arreglármelas solo también.   Mi primer  maestro, el refugiado judío vienés Willy Kleimberg no hablaba español y sus enseñanzas se limitaban a mímicas y a dos expresiones alemanas: “Gut” (si estaba bien lo que hacía yo a mis siete años) y “Kaputt” (si estaba mal).   Luego vinieron otros profesores domésticos: Ernesto Leroux, honrado y cariñoso maestro que tras varios meses de clases convenció a mi padre de que yo debía recibir lecciones de Danilo Belardinelli, uno de los excelentes músicos italianos que trajo Petán Trujillo  para La Voz Dominicana.”   

 

A este profesor Leroux, que tocaba la viola, lo conocí muy bien.   Dulce y estricto a la vez, intentó tozudamente introducirme en los secretos de la interpretación… pero constituí un rotundo fracaso para él; preferiría yo más tarde intentar con el piano, y sin ayuda de nadie.   En eso me fue mejor; pero sólo para poder componer unas cuantas piezas corales.

 

Sigo con Jacinto:

 

“Belardinelli me ayudó mucho a ampliar mi horizonte musical y violinístico.   Fue Leroux quien me hizo ingresar en la Sinfónica,  apenas con trece años de edad.   El maestro Casal Chapí, primer director de la oficializada  Sinfónica Nacional  me fue promoviendo rápidamente desde el último atril de los Violines Segundos hasta el primer puesto.    Entonces me pasó a los Primeros Violines, llegando en poco tiempo a ser Principal (o Concertino) donde permanecería largos años hasta que  el maestro Manuel Simó –Director de la Sinfónica- me abrió, como a Carlos Piantini y Julio De Windt, las puertas para que llegara a ser Director.

 

Los tres hemos sido Directores Titulares.

 

Por otra parte, he sentido la necesidad de escribir  (no música) y tendría tal vez quince años cuando (con un seudónimo) publiqué en la revista de mi padre, “Cosmopolita” un artículo en indignada réplica a un trabajo literario del Dr. Pieter, en el cual negaba que Shakespeare  fuese el autor de las obras que se le atribuyen, aduciendo que eran producciones de Christopher Marlowe –educado excelentemente en Cambridge y con relaciones de alto nivel, no como el poeta y actor de Stradford-on-Avon-.   Fue una polémica de tres artículos.  

 

 En el último, el noble doctor acabó diciendo que “ya tiraba al suelo la tizona”.

 

Desde entonces estoy escribiendo.   De esto y de aquello, de lo otro y lo demás. Por eso don Rafael Herrera, quien tan afectuosamente me acogía en el Listín Diario, -como también  lo hace la dirección del periódico Hoy, cuando llegaba yo a su despacho con el artículo de la semana, movía graciosamente su tabaco y, sonriendo con picardía me preguntaba: “¿Con quién te  metes hoy?”.

 

Alguna vez le repuse: “Con lo que me inquieta, don Rafa”.

 

Y eso sigue siendo mi motor.”

 

Como esposo y padre ha sido impecable; como violinista y director sinfónico ha sido la propia excelencia, y como escritor el mismo le hace competencia a su sensibilidad y habilidad musical con la calidad prístina de sus trabajos literarios: la escritura de sus obras es incisiva, plena de sensibilidad social y fino sentido del humor;  fluida, sin sobresaltos; exquisita; llena de una poesía sin aspavientos.

 

De su literatura a dicho José Alcántara Almánzar: “Con su aguda capacidad de observación y su fino olfato para captar matices psicológicos, así como datos ocultos en una anécdota aparentemente sencilla, Gimbernard, hombre de gran sensibilidad y diestro escritor, nos sumerge en una atmósfera envolvente de la que ya no podemos escapar hasta que leamos la última palabra.”

 

¡Y esto es!;  yo creo que no es necesario agregar nada más; excepto algo muy personal: “Jacinto, cuando sea grande quiero ser como tú”.

 

Muchas gracias.